miércoles, 18 de enero de 2017

La genealogía de la violencia

Qué triste jornada para México.

Desde las páginas de Bernal Díaz del Castillo hasta los encabezados de Reforma y Milenio están plagados con la evidencia periodística de la violencia que vivimos cotidianamente. México, a su próximo bicentenario como nación independiente, sigue formando parte de la camada de países que continúan sin poder resolver sus conflictos de una forma helvética.

Los desmanes de las tropas hidalguenses, hijos incontrolables de la Conspiración de Querétaro avecinaba con gran certeza a la estirpe que nos iba a representar en los próximos dos siglos.
El abrazo de Acatempan representó el artificio con el que se firmó al estilo realpolitik (sangre y hierro) el inicio del México independiente.

Degollamos en el Cerro de las Campanas a un Hapsburgo que sus últimas palabras fueron "¡Viva México!". Tenemos como máximo referente internacional al régimen de Porfirio y el positivismo que cerró las bocas de la prensa y configuró la desigualdad social de nuestro país. Crecimos con las hazañas de Huerta, el Gran Usurpador que asesinó a Madero y Pino Suárez.

 La presidencia mexicana y las balas tienen un idilio fantástico. En un restaurantito capitalino de churros fue ejecutado el presidente electo, Álvaro Obregón. Pascual Ortiz Rubio, apodado el "Nopalito" (por baboso) fue balaceado en su primer día como máximo del ejecutivo. Quizás la que queda más en la memoria reciente fue la del candidato Luis Donaldo Colosio a sangre fría en Tijuana.

El  2 de Octubre tampoco se olvida. Ni la Guerra contra el Narcotráfico de Calderón ni los 43 desaparecidos.

Esta semana tuvimos la tragedia del Colegio Americano del Noreste en Monterrey , las quimioterapias "falsas" durante el mandato de Duarte  y otra balacera en el antro Blue Parrot de Playa del Carmen. 

Los tres últimos eventos me pesan en el alma y orgullo porque amo a mi país. 
Por nuestra turbia historia tenemos los delirios de narcos en la juventud y un fútbol tan violento. Por eso vemos y compartimos negligentemente las imágenes morbosas del tiroteo en el Colegio Americano.  Y no hay profesión alguna que se salve: músicos, periodistas, políticos, infantes, juniors, etc... todos están a la merced de una ruleta rusa popular.

El atentado en Monterrey fue aquello que me hizo estallar. Esto pasaba en Estados Unidos, pero en México no. Ahora ya llegamos a una nueva frontera y por todas las razones equivocadas estamos en todos los periódicos del mundo.

Las quimioterapias falsas representan una violencia aún más cruel  que cualquier homicidio enlistado. ¿Qué tan institucionalizada y desinhibida debe de estar la violencia para tolerar esta impunidad? ¿Qué tan quebrado debe de estar un estado con semejante genealogía de la violencia?

Que este linaje, por más pasajero que sea, no nos haga perder la sensibilidad. Verde, blanco, y ahora más que nunca el rojo, tiñen de forma siniestra a nuestra bandera nacional.