martes, 30 de mayo de 2017

Gracias, Chivas

Matías Almeyda nació empapado de los colores rojo y blanco del River Plate. No es coincidencia que se haya identificado tan cómodamente con la playera del Guadalajara. Tomó a River en el peor momento de su historia: descendido, humillado, en decadencia y lo levantó de vuelta a su grandeza. El hombre que conoce su historia, está condenado a repetirla, cosa que hizo con Chivas. Ingresó al Guadalajara en un ambiente turbulento de descenso y le hizo recuperar su memoria como un club ganador.

Chivas es campeón de Liga y Copa. Once años habían sido demasiados. Con vista a la inexorable aparición de detractores que algo quede muy claro, al Guadalajara nadie le regaló nada. Ni el penal no sancionado, ni su acceso a la final vía empates pueden eclipsar una realidad: Chivas fue el mejor equipo del torneo, el que desplegó el mejor fútbol, el que ganó sus clásicos, el que apareció y concretó en los momentos importantes. En liguilla vino de menos a más y no tuvo un camino fácil. Venció al rival local, al equipo del centenario y a los súper Tigres, el gran equipo plagado de estrellas que entraba como amplio favorito.

Es una escuadra que se recordará con júbilo. Pizarro, de apellido y naturaleza conquistadora, se convirtió junto con Pulido en el goleador de Chivas. Alan guardó los grandes goles para la final. El ´9´del rebaño se inmortalizó con su tanto en el encuentro de vuelta. Un toque delicado- de naturaleza complicada y sencilla ejecución- equiparable a esas postales de los últimos títulos rojiblancos: Nápoles a Larios, Bofo a Cristante, Pulido a Guzmán.

Alanís, excelso en la central junto con Pereira. Rodolfo Cota se convirtió en un héroe silencioso entre los tres palos. Orbelín- quien nos recuerda que el mediocampista box-to-box todavía existe- conformó una gran dupla con Vázquez y Michael Pérez (cuando fue llamado). Arriba, la ausencia de Brizuela fue solapada con Calderón que tuvo un gran cierre de torneo.Quién hubiera pensado que de las compras al León, el Gallo y Aris serían los que marcarían un legado con Chivas en lugar del experimento fallido del Gullit Peña. 

Chapo Sánchez y Carlos Fierro, yo los he reventado toda la vida y arguyo que sus condiciones futbolísticas no son óptimas para este club, sin embargo el domingo me probaron equivocado. Les he pedido UNA buena actuación en toda la vida, maldita sea, y en la final, el momento cumbre e idóneo para manifestarse, lo hicieron.

Chivas es el equipo del pueblo donde el franelero y el ejecutivo son uno bajo la fraternidad de una bandera, no por nada a sus simpatizantes se les llama chivahermanos. Es precisamente eso lo que hace del triunfo del rebaño un fenómeno con tanto impacto social en el país.  

Ningún otro equipo en México logra urdir tantas redes de afición y celebraciones como Chivas. Es un escuadra panamericana que en McAllen, la Ciudad de México, Tampico, San Luis, e inclusive Bogotá, celebran simultáneamente a un país, un equipo, un rebaño y un pastor. Cada ciudad es una arteria que bombea sangre y oxigena a la hegemonía más añeja de nuestro balompié. Chivas trasciende las fronteras citadinas de Guadalajara e ilumina a la nación en sus más recónditos confines. Para los siguientes días, alguien cambie el verde de nuestra bandera nacional por el azul...

Pero aún sobre todo esto, la conclusión suprema de la final fue que en la cancha presenciamos la victoria del futbolista mexicano. Un triunfo 11 contra 11 con la permisividad de las reglas de la Liga MX para con los extranjeros no es poca cosa. Está claro, el mejor fútbol del torneo lo hicieron los once mexicanos de la casaca rojiblanca, y eso, es una hazaña que por última vez se vivió en el 2006. 

Tequila, mariachi, las Chivas....no: ganó el Guadalajara, ciudad que ya es con todos sus atributos, metonimia de la cultura mexicana. Carlos Salcido, quien no estuvo en Toluca porque ya jugaba en Holanda, ahora cierra un gloriosa carrera. El trofeo en sus brazos, y como aureola sobre su cabeza, se postró ante la multitud en el Estadio Chivas. 

Doce estrellas en su escudo. Doce, un número digno para el rebaño...sagrado. El rey ha vuelto, el gigante ha despertado y no lo digo yo, lo dice nuestro pastor, nuestro arquitecto, Matías Alemyda, el director técnico más magnánimo en la historia del Guadalajara: "¡Campeonísimo hay uno sólo!".





viernes, 26 de mayo de 2017

Capote Construye, Wolfe Deconstruye: Un ensayo sobre la observación directa en El Nuevo Periodismo y A Sangre Fría

Todas las cumbres históricas de la literatura corresponden a una fluctuación sabia y puntual de las demandas del hombre. Los estilos van y vienen de un modo muy utilitario: cuando ya no sirven, se desechan.La palabra escrita siempre ha funcionado como un camaleón que se adapta a las circunstancias del entorno cambiante. El Nuevo Periodismo, hecho famoso por Truman Capote y teorizado por Tom Wolfe, no es una excepción.

La narrativa periodística era opaca durante un tiempo en que la novela batallaba por mantenerse vigente. Aquí entraron los dos bomberos americanos que juntos ejecutaron una revolución secreta. De los confines de las oficinas de redacción más ordinarias, un grupo de periodistas comenzó a abrazar la técnica decadente del novelista y la transformó en una propia e innovadora técnica para contar los hechos en los diarios. Las críticas imperaron en un principio, no obstante, el Nuevo Periodismo salió avante y fue eventualmente bautizado como una corriente insurgente.

La presente argumentación busca unir y contrastar las técnicas de Capote y Wolfe en función de la observación directa que desempeñaban en sus obras A Sangre Fría y El Nuevo Periodismo.

La observación directa resulta difícil de explicar sin caer en la redundancia. Corresponde a cómo un escritor recolecta información mediante el rapport presencial y directo con el dueño de ella, es decir, a través de la palabra o los sentidos. Si bien, este principio establece una relación directa o implícita con el actante, hay muchos modelos disponibles para abordar la observación.

Uno de los primeros indicadores que deja entrever la forma de observar es el tipo de narrador, puesto que la diégesis que se escoge alerta al lector sobre cómo se debe de percibir la historia. Truman Capote utiliza en su libro un narrador en tercera persona omnisciente, una voz que lo sabe todo y que cuenta cronológicamente los sucesos ocurridos a la familia Clutter.

“El señor Clutter dio a Babe el corazón de su manzana y saludó al hombre que estaba limpiando el corral... Alfred Stoecklein, el único empleado que vivía en la finca. Los Stoecklein y sus tres hijos vivían en una casita que estaba a menos de cien metros de la casa principal; aparte de ellos, los Clutter no tenían vecinos a menos de un kilómetro de distancia” (Capote, 1966).

Por su parte, Tom Wolfe tiene una perspectiva más abierta y lúdica para escogerlo:

“Me gustó la idea de arrancar un artículo haciendo que el lector, a través del narrador, hablase con los personajes, se insolentase con ellos, les insultase, les hostigase con ironía o superioridad, o lo que fuera. ¿Por qué pretender que el lector se quede tumbado y deje que los personajes vayan llegando de uno en uno? […] A veces me metía yo en el artículo y jugaba conmigo mismo. Podía convertirme en «el hombre del Borsalino marrón», un enorme y algo policial sombrero italiano que usaba entonces, o «el hombre de la corbata Big Lunch». Escribía sobre mí en tercera persona, por lo general como si fuera un espectador perplejo o alguien que pasa por la calle, lo que era con frecuencia el caso”(Wolfe, 1976).

Es un contraste bastante amplio de dos narrativas dentro del mismo género. Hay matices comunes como el estilo literario, la descripción escena por escena y la certeza de que cualquier persona, sin importar su clase social puede ser el actante principal de una historia.

Ahora bien, es digno de observar el contraste que tienen ambos autores. Wolfe se mimetiza en cualquier persona, como un narrador protagonista, sin embargo, no duda en cambiar de narrador cuando el momento lo amerita. Capote también se logra fundir con sus actantes, sin embargo, él se relaciona con actantes secundarios (ciudadanos de Holcomb) para reconstruir las vidas y personalidad de la familia Clutter. Capote mantiene una posición estoica durante toda la novela en un plano ulterior y fijo pero rico en información por la observación directa que recopila de los habitantes.

La elección del tipo de narrador es un buen indicador de las observaciones directas, sin embargo, hay otro rubro que se debe evaluar, el cual es la propia metodología o forma en la que el autor observa a sus actantes.

Una anotación adicional sobre Capote es esa capacidad de evocar voces externas que surgen por la cercanía a tantas personas que conocieron a la familia asesinada.“Con respecto a su familia, Clutter sólo tenía un motivo de preocupación; la salud de su mujer. Era «nerviosa», tenía sus «rachas»; ésos eran los términos en que la describían quienes la querían” (Capote, 1966). Aquí Truman traslada las observaciones de los ciudadanos sobre aquellos que son sus actantes principales. A través de la voz de los habitantes, Capote logra un ejercicio intralingüístico en el que construye un universo más complejo y rico para el lector. Capote observa a los que observaron, a su vez, Wolfe observa directamente a los protagonistas.

A continuación, utilizaré como recurso a otros dos prolíficos narradores para poder establecer una dicotomía precisa sobre los estilos de observación. A través del análisis concluí que el estilo de Gabriel García Márquez se apega con algunas condiciones al relato de Capote. Por consecuencia, el otro texto de Julio Cortázar embona con la filosofía que caracteriza a Tom Wolfe.

Relato de un Náufrago es una pieza del Nuevo Periodismo en la que se cuenta la historia de un hombre que sobrevive a un naufragio en aguas turbulentas. El genio colombiano lo relata así: “Pero el día era resplandeciente y tibio, y en medio de la claridad, del rumor del viento que empezaba a levantarse, yo me sentía con renovadas fuerzas para esperar” (Márquez, 1970). Lo primero que denota el fragmento es su abundante estilo literario propio de Capote y Wolfe. Con todo, una característica recalcable es la forma en que el americano (Capote) y el colombiano se espejean. Ambos nos sitúan en el contexto y nos dejan caer en medio del frenesí de la información y de ahí no nos mueven (como Wolfe). Los dos se mezclan con los actantes y “purifican” —quizás en un sentido barroco el testimonio para elevarlo al nivel periodístico; Capote y Márquez se hacen uno con los personajes.

Wolfe también se hace uno, pero no con los personajes, sino con el entorno. Lo mismo ocurre con la narrativa de Julio Cortázar. Wolfe cambia de narrador como si nada, de una forma arbitraria y con el afán de entretener —y a veces confundir— al lector. De ejecución similar es La Casa Tomada, un cuento corto que habla sobre un par de hermanos que son desalojados de su casa por fuerzas siniestras. “Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora” (Cortázar, 1946). En la primera oración Julio habla en segunda persona del plural, en la frase siguiente pasa al “Yo”. La narrativa rebota por todos lados como una pelota en una partida de pinball. Wolfe y Cortázar reprueban al narrador estático, son más atrevidos y provocadores con sus lectores. El argentino, 30 años antes de la publicación de El Nuevo Periodismo, ya marcaba la pauta de un estilo vanguardista. 

Las conclusiones que exhiben los “para-periodistas” americanos son vastas. Sus similitudes son evidentes: contraria a la acepción del periodismo informativo, hacen de un hecho un relato, ahora la narrativa—cómo fluye, cómo se cuenta y cómo se habla—, es el punto central de la lectura en detrimento del hecho. Pertenecientes de la misma escuela, comparten el mismo Fondo y se diferencian mediante la Forma de aplicar los conceptos del Nuevo Periodismo.

Truman nos sitúa en el ojo del huracán pero prefiere no alterar el orden natural de las cosas. Capote está ahí con nosotros, contigo, conmigo, con todos y es todos. Tom Wolfe se adentra en el mundo de los personajes por cómo hablan, los objetos que portan y la atmósfera que los rodean;lo que acompaña, define.

Capote construye un universo, conoce y comunica, acción que corresponde al corazón del periodismo. Wolfe es más atrevido, da humor, extiende los límites de las personalidad sin hiperbolizarlas. Capote se gana a la gente, convive, se pone en el nivel de las personas observadas. Wolfe prefiere la perspectiva dentro del palacio de las palabras.

Truman Capote es un amigo, fraterniza y encanta al condado de Holcombal arrastrarnos hacia sus particularidades. Quizás lo de Capote es más noble, más cronológico, más ordenado. Truman se coloca como un miembro más de la familia, el hermano escritor que nunca tuvieron… ¡Truman Clutter!

Wolfe no necesitaba conocer, era intuitivo e incisivo. Es un lobo, caza la primicia, discierne.Wolfe no construye como Capote, por lo contrario, deconstruye bloque por bloque a la estructura de la realidad.  Recoge la entropía y hace del continuum una imagen. Concibe a la realidad como un fenómeno metafísico hipermóvil del cual se desprenden pedacitos de imágenes que finalmente materializa en un collage de caracteres.

Es el enfrentamiento de dos caras de la misma moneda, el entorno por medio del personaje y el personaje por medio del entorno; el proceso inductivo contra el deductivo. ¡Un verdadero escándalo!

En función de lo que escribieron efectivamente dejaron un legado histórico en la narrativa con un ingenio bárbaro. Wolfe y Capote son un punto de inflexión en la diégesis contemporánea. ¡Qué envidia!¡ Y se lo digo yo árbitro, esa jugada es ilegal!