Es difícil entender todas las implicaciones políticas y sociales que suscita el movimiento secesionista catalán. Este domingo se llevaron a cabo en Catalunya las votaciones al referéndum del primero de octubre (1-O), las cuales arrojaron como resultado un 90% a favor de la independencia de esta comunidad autónoma. Pero para deconstruir este fenómeno hace falta un análisis más profundo. El movimiento independista de Catalunya no es exclusivo a los hechos recientes, sino que va más allá y se sitúa en el corazón de la historia contemporánea de España.
Después de 40 años bajo la dictadura franquista, España vivió la época de la Transición a la democracia. Con el gobierno de Adolfo Suárez se descentralizó el Estado con la Constitución de 1978. Dicha pieza legislativa promulgó la firma de los Pactos autonómicos, los cuales confirieron mayor independencia y autogobierno a estas regiones. Este cambio ilustra a grandes rasgos la actual estructura geopolítica del país.
Entonces, ¿Es legítima la búsqueda de independencia de Catalunya? Aquí es donde entran en juego varios elementos y perspectivas. Uno de los argumentos clave se apoya al rubro económico, ya que Catalunya representa el 19% del PIB de España, es decir, que una sola comunidad autónoma aporta casi un quinto del capital del país. Los catalanes, en general, pagan más impuestos y reciben menos en retorno. En sus ojos, ese es el estrago del sistema capitalista que siempre ha funcionado bajo un principio de solidaridad en el que los más vulnerables reciben más ayuda. El que más tiene, más sacrifica.
El domingo, miles de catalanes salieron a votar a las urnas para manifestar una voz en su futuro. A pesar de la ilegalidad del referéndum y su dudosa legitimidad en cuanto a un organismo electoral que regule la votación, por las calles de Barcelona, Tarragona y Girona se hizo eco a un sentir de un pueblo que en el núcleo no se siente español. La Policía Nacional reprimió con violencia la manifestación catalana en una demostración de fuerza que evocó los más oscuros episodios del franquismo.
La prensa internacional ha encuadrado la noticia en margen de la represión. Sin embargo, es curioso que los rotativos locales como El País -que promueve una agenda social de izquierda- se decantan por desarticular el movimiento de secesión. El gran error, tanto de los periódicos españoles como los internacionales, es la poca culpabilidad que se le otorga al gobierno de Madrid en no haber tratado esta bomba de tiempo con mayor ahínco durante los últimos años.
Mariano Rajoy actuó de forma desmedida para intentar de enterrar las esperanzas catalanas. En su soberbia, poco entendió que al conseguirse un enemigo creó el héroe perfecto: al antagonizar el movimiento independista convirtió a todos los catalanes que salieron a votar en mártires. De la noche a la mañana, les otorgó un sentimiento de legitimidad que fue empujado por la solidaridad de la prensa internacional. Claro está que los catalanes no dudarán en arroparse bajo ese manto de víctima que les regaló Rajoy este primero de octubre.
A Catalunya le seduce la idea de una salida de España aun, cuando de concretarse, el rumbo sería incierto. El camino a la independencia no parece estar cerca y su curso de acción permanece entre las sombras, en especial porque no existe un acuerdo entre el Gobierno Español y la Generalitat de Catalunya. Nadie se divorcia solo, es una cuestión de dos.
En ojos de un mexicano, el nacionalismo de los españoles representa uno de los conceptos más extravagantes del mundo. Imagínense ser tapatío antes que mexicano, o michoacano antes que paisano. Así es para el español, el cual a la hora de presentarse, usualmente se refiera a sí mismo como granadino o gallego antes que como español. En Catalunya se percibe un chovinismo a la lengua de casa, a una educación hermética, a la cultura particular y a la bandera regional. Pero la voluntad de un pueblo es un sentimiento imposible de suprimir y, si los catalanes se sienten de esta manera, pues que el corazón obtenga lo que el corazón desea siempre y cuando sea a través del diálogo.
Parece que en algunas comunidades, especialmente la catalana y el País Vasco, la corona unifica cada vez menos. Si esos sentimientos regionalistas se llegaran a exacerbar en otras comunidades, España amenazaría con convertirse en la Yugoslavia del siglo XXI. Catalunya se iría de España, por lo que los demás se tendrían que despedir forzosamente de Serrat, Ruiz Zafón, Gasol y Piqué, mientras que los catalanes quedarían aislados de Europa. ¿Quién perdería más?.
Un periodo hegemónico en la historia de España comenzó con la unión de dos reinos en el matrimonio de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla. Los Reyes Católicos engendraron un legado que yace en la España de hoy. Ahora el país peligra en perder a uno de sus pilares fundamentales. Cuando se ve la independencia catalana a través del microscopio, uno se percata de los patrones que se repiten desde el génesis español. Aragoneses y castellanos se unieron por matrimonio, una decisión de libre elección. Justo así sucede hoy con las particularidades que propicia la exaltación de la comunidad autónoma por encima de España. Al igual que hace 550 años, ellos y aquellos no se ven reflejados el uno al otro, no porque no hayan pactado compartir un estilo de vida, sino porque fueron unidos por voluntad, lo cual los hizo ciudadanos de una misma nación, sin embargo, para muchos, esto nunca terminó por hacerlos hermanos.
(Crédito: El Peregrino)
