miércoles, 20 de septiembre de 2017

Hermenéutica de la Naturaleza

Los hombres se procrean de una forma tan fácil porque con la misma facilidad mueren. ¿No era el hombre un dios? ¿El ser que había conquistado absolutamente los confines más obscuros de las ciencias y que con audacia manejaba o suprimía todos los sucesos naturales? Estos son sentimientos e imágenes que pululan mi mente tras el terremoto. Descubro que todavía vivimos subyugados a la naturaleza.

Históricamente no hemos podido esquivar su guillotina determinista. Un gran diluvio arrasó alguna vez con la humanidad. El violento Mar Rojo se abrió para dejar vivir a unos y se cerró para perpetuar la muerte de otros. La destrucción latente del universo es terriblemente fascinante. Los que descubrieron las ciencias se industrializaron y se volvieron potencias. En las guerras el conocimiento del entorno propició juguetes como el tanque T32, las armas químicas o la gestación del Proyecto Manhattan. Todo el progreso atado al entendimiento de la construcción del universo. Hefesto, Thor y Poseidón no empuñaban lanzas ni espadas para la guerra, ellos traían fuego, trueno, marea y terremotos.

A veces pensamos (incluido) ingenuamente que la esfera política es la que rige el mundo. Pero sucesos como los de anoche comprueban que todas las actividades humanas se someten al sentir de la madre naturaleza, la que como madre, da las lecciones más duras. Como por ejemplo ese frío que tanto odiamos y al que le debemos tanto. No una, sino dos veces que el invierno ruso pudo más que las dos fuerzas militares más grandes de la historia. La victoria de la naturaleza sobre las armadas napoleónicas y del tercer reich concretaron la preservación de la civilización occidental como la conocemos hoy.

Cruel y sabia, que crea viudas, que se lleva a niños, que destruye patrimonios, pero que a fin de cuentas teje la unidad social cuando el siniestro ataca. La naturaleza dio ayer la lección que ningún ser ha podido en México.

Siglo por siglo se fueron conquistando los derechos. Primero los inalienables (vida, propiedad), luego los políticos (sufragio) y ahora los sociales (garantías individuales). ¿Y los de la naturaleza? Esos parecen seguir siendo derechos reservados, el Behemot imposible de controlar. El dueño del océano es la luna, de la fauna el sol, de la prosperidad la lluvia. Nosotros permaneceremos eternamente como siervos de la física y las matemáticas, intentando llegarle al cosmos que - como sus astros- ya nos dio mil vueltas. De aquí se subscribe una nueva teoría panteísta: toda la creación, sin el hombre, es la suma de todas las cosas.

La tierra se estremeció y el Ángel se tambaleó, coqueteó con la caída. Pero los ángeles no caen del cielo. Porque bajo la custodia perpetua de nuestro Ángel, México permanece fuerte, y todavía más importante, se une en un mismo sentir.