Matías Almeyda nació empapado de los colores rojo y blanco del River Plate. No es coincidencia que se haya identificado tan cómodamente con la playera del Guadalajara. Tomó a River en el peor momento de su historia: descendido, humillado, en decadencia y lo levantó de vuelta a su grandeza. El hombre que conoce su historia, está condenado a repetirla, cosa que hizo con Chivas. Ingresó al Guadalajara en un ambiente turbulento de descenso y le hizo recuperar su memoria como un club ganador.
Chivas es campeón de Liga y Copa. Once años habían sido demasiados. Con vista a la inexorable aparición de detractores que algo quede muy claro, al Guadalajara nadie le regaló nada. Ni el penal no sancionado, ni su acceso a la final vía empates pueden eclipsar una realidad: Chivas fue el mejor equipo del torneo, el que desplegó el mejor fútbol, el que ganó sus clásicos, el que apareció y concretó en los momentos importantes. En liguilla vino de menos a más y no tuvo un camino fácil. Venció al rival local, al equipo del centenario y a los súper Tigres, el gran equipo plagado de estrellas que entraba como amplio favorito.
Es una escuadra que se recordará con júbilo. Pizarro, de apellido y naturaleza conquistadora, se convirtió junto con Pulido en el goleador de Chivas. Alan guardó los grandes goles para la final. El ´9´del rebaño se inmortalizó con su tanto en el encuentro de vuelta. Un toque delicado- de naturaleza complicada y sencilla ejecución- equiparable a esas postales de los últimos títulos rojiblancos: Nápoles a Larios, Bofo a Cristante, Pulido a Guzmán.
Alanís, excelso en la central junto con Pereira. Rodolfo Cota se convirtió en un héroe silencioso entre los tres palos. Orbelín- quien nos recuerda que el mediocampista box-to-box todavía existe- conformó una gran dupla con Vázquez y Michael Pérez (cuando fue llamado). Arriba, la ausencia de Brizuela fue solapada con Calderón que tuvo un gran cierre de torneo.Quién hubiera pensado que de las compras al León, el Gallo y Aris serían los que marcarían un legado con Chivas en lugar del experimento fallido del Gullit Peña.
Chapo Sánchez y Carlos Fierro, yo los he reventado toda la vida y arguyo que sus condiciones futbolísticas no son óptimas para este club, sin embargo el domingo me probaron equivocado. Les he pedido UNA buena actuación en toda la vida, maldita sea, y en la final, el momento cumbre e idóneo para manifestarse, lo hicieron.
Chivas es el equipo del pueblo donde el franelero y el ejecutivo son uno bajo la fraternidad de una bandera, no por nada a sus simpatizantes se les llama chivahermanos. Es precisamente eso lo que hace del triunfo del rebaño un fenómeno con tanto impacto social en el país.
Ningún otro equipo en México logra urdir tantas redes de afición y celebraciones como Chivas. Es un escuadra panamericana que en McAllen, la Ciudad de México, Tampico, San Luis, e inclusive Bogotá, celebran simultáneamente a un país, un equipo, un rebaño y un pastor. Cada ciudad es una arteria que bombea sangre y oxigena a la hegemonía más añeja de nuestro balompié. Chivas trasciende las fronteras citadinas de Guadalajara e ilumina a la nación en sus más recónditos confines. Para los siguientes días, alguien cambie el verde de nuestra bandera nacional por el azul...
Pero aún sobre todo esto, la conclusión suprema de la final fue que en la cancha presenciamos la victoria del futbolista mexicano. Un triunfo 11 contra 11 con la permisividad de las reglas de la Liga MX para con los extranjeros no es poca cosa. Está claro, el mejor fútbol del torneo lo hicieron los once mexicanos de la casaca rojiblanca, y eso, es una hazaña que por última vez se vivió en el 2006.
Tequila, mariachi, las Chivas....no: ganó el Guadalajara, ciudad que ya es con todos sus atributos, metonimia de la cultura mexicana. Carlos Salcido, quien no estuvo en Toluca porque ya jugaba en Holanda, ahora cierra un gloriosa carrera. El trofeo en sus brazos, y como aureola sobre su cabeza, se postró ante la multitud en el Estadio Chivas.
Doce estrellas en su escudo. Doce, un número digno para el rebaño...sagrado. El rey ha vuelto, el gigante ha despertado y no lo digo yo, lo dice nuestro pastor, nuestro arquitecto, Matías Alemyda, el director técnico más magnánimo en la historia del Guadalajara: "¡Campeonísimo hay uno sólo!".

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